Charles Dickens es el clásico entre los clásicos no solo de la literatura británica sino a nivel global. Hace unos días comencé a leer Historia de dos ciudades y me sorprendió un pasaje en el capítulo XVI de la segunda parte (la novela tiene tres). No tiene desperdicio. Se refiere al germen de la Revolución Francesa y es algo que se podría trasladar perfectamente a la situación de la sociedad en la actualidad y el el riesgo que corren los gobernantes como sigan tocando narices a diestro y siniestro. —Estás cansado —le dijo la señora Defarge.—
Todo huele como de costumbre.
—Sí, estoy fatigado —contestó Defarge.
—Y también un poco deprimido. ¡Oh, qué
hombres!
—¡Tarda tanto! —exclamó Defarge.
—¿Y qué cosa es la que no tarda? La venganza
y la justicia siempre necesitan mucho
tiempo.
—No tarda tanto el rayo en herir a un
hombre —observó el marido.
—Pero ¿cuánto tiempo —replicó la mujer—
se necesita para acumular la electricidad del
rayo? Dímelo.
Defarge levantó la cabeza, pero no contestó.
—No tarda mucho un terremoto en tragarse
una ciudad —dijo la señora.— ¿Sabes, por
ventura, cuánto tiempo es necesario para que
se prepare un terremoto?
—Bastante tiempo, me parece.
—Pero cuando está preparado y se produce,
reduce a polvo todo lo que encuentra. Y
en la actualidad se está preparando, aunque
nadie lo vea o lo oiga. Este es tu consuelo.
Recuérdalo.
Y ató un nudo, con los ojos brillantes, como
si estuviera estrangulando a un enemigo.
—Te aseguro —añadió extendiendo la mano,—
que si bien el camino es largo, está ya
en él y en marcha. Te digo que nunca retrocede
ni se detiene. Siempre avanza. Mira a tu
alrededor y examina las vidas de toda la gente
que conocemos. ¿Crees que eso puede
durar?
—No lo dudo, querida mía —contestó Defarge
con la humildad de un escolar ante su
maestro.— No niego nada de eso, pero ya es
antiguo y es posible que no llegue en nuestros
días.
—¿Y qué?— exclamó la esposa.
—Pues —contestó tristemente Defarge—
que no veremos el triunfo.
—Pero habremos ayudado para que llegue
—contestó la mujer.— Nada de lo que hacemos
se pierde. Con toda mi alma creo que
veré el triunfo, pero aunque así no fuera,
mientras exista un cuello de aristócrata y
tirano, no dejaré de…
Entonces la mujer con los dientes apretados
hizo un terrible nudo en el pañuelo.
—Tampoco me detendré yo por nada —
contestó el marido.
—Sí, pero víctimas. Y es preciso que conserves
el ánimo sin necesidad de esto. Cuando
llegue el tiempo suelta las fieras y el diablo
mismo, pero hasta entonces tenlos encadenados,
y, aunque no a la vista, siempre
dispuestos.
La señora Defarge reforzó su argumento
golpeando el mostrador con los nudos llenos
de dinero de su pañuelo y luego, observando
que ya era hora de acostarse, se fue a la cama.

       
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